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Entrevista | "Hacer política en El Salvador es enfrentarse al status quo; conmigo utilizaron la técnica de invisibilización"

Erick Iván Ortiz consolidó una carrera política este año, cuando corrió como candidato a diputado por el partido Nuestro Tiempo.  Se convirtió en el primer hombre abiertamente gay en correr por un puesto de elección popular.

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Erick Iván Ortiz, ex-candidato a diputado por el partido Nuestro Tiempo. Fotografías de Javier Aparicio

Erick Iván Ortiz, ex-candidato a diputado por el partido Nuestro Tiempo. Fotografías de Javier Aparicio

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El Salvador vio a un hombre abiertamente gay correr por una diputación hasta 2021. Ese hombre fue Erick Iván Ortiz, activista. El partido fue Nuestro Tiempo. Esto, que constituye un hito en la historia, no fue visto desde esa dimensión.

Ortiz explica en esta, que es la segunda de este ciclo de entrevistas, cómo es hacer política partidaria en un país que aún no reconoce los derechos civiles como universales. Cuenta, bajo sus términos, que no hay ninguna prohibición expresa que impida al colectivo LGBT+ buscar un puesto de elección popular. Hay, sin embargo, otros mecanismos para reducir esos espacios.

Es difícil de predecir, pero es inevitable. El mundo avanza en derechos humanos y, aunque haya países que vayamos cada vez más lento, nos va a alcanzar. Vivimos en un mundo globalizado donde los países no pueden aislarse por completo, aunque probablemente ese sea el sueño de los regímenes de turno que se quieren consolidar en la región. Lo que sí es que cuando hablamos del avance de la legión LGBT+ en el mundo es significativo cómo la invisibilización se ha ido rompiendo en medios de comunicación. Lo vemos en series, en estudios, en accesos a derechos en países que convierten esto en parte de su accionar. Claramente, hay quienes lo hacen más desde lo "pink wash", desde lo que se conoce como arcoíris light, pero, desde mi perspectiva, son importantes, porque están abriendo puertas para una conversación que antes no existía. El mecanismo preferido del conservadurismo ha sido la invisibilización histórica y sistemática. Recordemos que algo que no se nombra, no existe. Lo cierto es que cada año vemos cómo la marcha del Orgullo acapara cada vez más personas. No somos una minoría insignificante. Sino más bien una parte de la población que empieza a luchar por hacer valer sus derechos.

En retrospectiva, ¿qué lecciones le dejó haber corrido como el primer candidato abiertamente gay en la historia de El Salvador?

Sin lugar a dudas, hacer política en El Salvador es enfrentarse al estatus quo en El Salvador y este tiene diferentes formas. En su momento, estas personas lograron descifrar que atacarme directamente, en esta época de redes sociales, podía generarme un rédito más grande.

Entonces, utilizaron la técnica histórica, que es la invisibilización, para eso usaron una serie de recursos a su disposición. Ustedes no vieron vallas publicitarias de mi campaña, porque fueron bloqueadas por el Consejo Nacional de la Publicidad.

Sé, por gente dentro del Consejo, que llamaron a las agencias publicitarias para amenazarlas con sanciones por publicar mi campaña. Y, de hecho, yo podría entender que fueran una o dos empresas de publicidad; pero, cuando las que rechazan son ocho, son 10 empresas, ya estamos hablando de algo sistemático.

Por eso ofrecí una liberación de responsabilidad para estas empresas. Les dije que pusieran la campaña y, si se las bajaba el día siguiente el TSE (Tribunal Supremo Electoral), el Tribunal sería el discriminador. Si se las bajaba el Consejo Nacional de la Publicidad, entonces el Consejo sería el discriminador. Les dije que lo que estaba haciendo el Consejo a través de ellas era limpiándose las manos, así no asumiría su responsabilidad de ser una entidad que históricamente ha censurado múltiples campañas de derechos humanos y, principalmente, del movimiento feminista y del movimiento LGBT+.

Pero al final, sí halló la manera de hacer campaña, una, por cierto, de la que se habló desde el primer momento.

El meollo de mi campaña fue que hacerla requiere recursos, alianzas. Y cuando tenés un aparataje conservador muy preocupado por lo que va a pasar con el estatus quo y que puede maniobrar de una forma descarada, hacer cualquier cosa resulta muy complicado. Yo no esperaba nada diferente, pues, tengo 30 años y estoy con toda la disposición de seguir luchando como lo he hecho hasta ahora. En mi campaña, eso sí, hubo personas muy preocupadas por lo disruptiva que resultó. Usé una de las palabras que se usan coyunturalmente de forma peyorativa para referirse a las personas LGBT+. Aquí rara vez se dice "gays", aquí se dice "culeros". En la población LGBT+ tenemos una historia, y se base en resignificar todas las palabras que el sistema usa para nombrarnos. ¿Por qué? Porque son las únicas veces que nos nombran. Es un mecanismo para insertarnos en la conversación pública, para poder existir políticamente. La población LGBT+ lleva 50 años resignificando palabras. La palabra "gay" era peyorativa, era discriminativa. Y la población gay la convirtió en algo que para nada se debe ocultar. Así fue como pensé que, ya que estamos acostumbrados a nombrarnos así, "culeros", voy a usarlo sin sentir otra cosa que no sea orgullo. El uso despertó temor en la población LGBT+, porque hay una realidad, y es que cuando hablamos muy alto del tema, hay una correlación de aumento de los crímenes de odio. Pero partí también del hecho de que todos estos años nos han estado matando. Se hable o no se hable, siempre nos matan y en impunidad. La diferencia fue que, esta vez, teníamos enfrente la oportunidad histórica que nos ponía al centro de las propuestas legislativas. Y que abordaba no una, sino que todas las reivindicaciones del movimiento LGBT+ ha consensuado en los últimos años.

Este es un colectivo diverso, por encima de todo. ¿Cómo se decide qué es lo que se va a tratar como prioridad?

A mí cuando me dicen que lo primero que hay que resolver son los grandes temas del país, como la seguridad, la economía, la violencia y todas estas cosas, me frustra. Porque pareciera que no entendemos cuál es el origen del problema de la seguridad, por ejemplo, que es, al final de cuentas, un problema de desigualdad. Y la desigualdad no se ataca con fuerza bruta. No es con más armas, ni con cámaras ni con leyes más fuertes. Ese es el paradigma que nos han vendido de "ah, como somos un país inseguro, apostemos por seguridad, por fuerza bruta"; en lugar de resolver el problema de la desigualdad, que es el origen de todo el conflicto social. Resolver el problema de desigualdad pasa por ser una sociedad más justa, más equitativa y más inclusiva. Esto no es en beneficios solo de las personas LGBT+. Pero el Estado salvadoreño no comprende que lo que tiene que hacer es meterse en la cabeza el mantra de "que nadie se quede atrás". No debe pasar ni en la política pública ni en la función pública.

¿Alguna vez ha visto los comentarios que algunas personas escriben cada vez que se publica algo sobre el colectivo LGBT+?

Sí, y hay que decir que hay grupos que tienen trollcenters. Estos grupos pagan para mantener grupos de odio. Los sectores de la derecha recalcitrante en el país tienen un temor a que estos temas se discutan. Así vemos cómo todavía se usan los púlpitos de las iglesias para hablar de en contra de nosotros y nosotras. No es novedad que las mayorías sean homofóbicas, transfóbicas y misóginas. Esas mayorías han hallado un altavoz gigante en la narrativa gubernamental que valida este discurso de odio. Esto es lo preocupante. Este gobierno es habilidoso en la manipulación de las emociones de las personas. Las cosas van a empeorar más, porque el país se está insertando en la narrativa del discurso de odio y las consecuencias todavía no se empiezan a ver del todo. Hay mucha gente a la que, en su fanatismo y en este miedo inculcado, le parece que los LGBT+ somos una mafia, un imperio. Ojalá tuviéramos ese poder de acción, pero no. Cuando encontramos estos factores, vemos que el gobierno construye una trampa de muerte. Les está dando permiso a fanáticos para cometer atrocidades que ya hemos visto demasiadas veces aquí. La mayoría de muertes violentas pueden venir porque a alguien le meten dos balas en la cabeza. Pero a una persona trans la violan, le cortan el pelo, la desmembran, la queman y dejan sus partes en la calle. Estos son mensajes, es la saña y el odio. No es cualquier violencia. Es parte de una degradación social que afecta a las poblaciones en mayor condición de vulnerabilidad.


Escucha el segundo capítulo del podcast #ElGéneroEsPolítica  

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