Loading...

Torturas

La narrativa oficial insiste en que el régimen de excepción lleva al país en el camino de la pacificación. Poco parece importar que para alcanzar esa supuesta meta los métodos empleados vayan dejando profundas huellas sociales y vayan abriendo nuevos ciclos de violencia.

Enlace copiado
Torturas

Torturas

Enlace copiado

El ya absurdo e inconstitucional régimen de excepción al que el gobierno ha sometido al país desde hace tres meses y del que no hay visos que vaya a terminar en algún momento del futuro cercano se ha saldado hasta la fecha no solo con un sinfín de abusos y capturas arbitrarias, sino también con la muerte de al menos 52 detenidos.

Aunque una escandalosa ausencia de información oficial ha sido la constante en todas ellas, se sabe hoy, por los testimonios de familiares y reportes de Medicina Legal, que al menos seis de esos decesos fueron provocados por golpes. En una de esas víctimas, incluso, un análisis forense internacional comprobó la presencia de lesiones que podían deberse a tortura.

Uno puede suponer, claro, si está dispuesto a obviar la enorme insensatez estatal de mezclar personas recién detenidas con reos de mayor peligrosidad y a pasar por alto que la integridad de todo recluso es responsabilidad exclusiva del Estado, que las palizas a las que presumiblemente fueron sometidas estas personas antes de morir fueron cometidas por otros internos y no necesariamente por celadores u otros agentes estatales.

Sin embargo, es casi imposible, ante el clamoroso silencio gubernamental y ante las declaraciones de personas que han vivido en carne propia los abusos que se están cometiendo en el interior de los centros penales, no pensar en que hay un involucramiento estatal directo en muchas de esas muertes.

En un testimonio publicado por este periódico el 25 de mayo pasado —el de uno de los pocos detenidos en el marco del régimen de excepción que ha logrado recuperar su libertad luego de haber pasado varios días en el centro penal La Esperanza— los maltratos físicos y sicológicos que se les inflige a los prisioneros por parte de representantes del Estado parecen más que una excepción a la regla, una práctica institucionalizada.

Los reportes del antiguo reo, que coinciden con otras denuncias recibidas por organizaciones de derechos humanos, hablan de una sistemática privación de comida, agua y medicamentos, de garrotazos, de rociamientos de gas pimienta y de otros tratos infamantes. Eso sin tomar en cuenta, claro, las deplorables condiciones carcelarias del país que solo se han exacerbado con la repentina y brutal saturación de los penales.

La normalización de esas prácticas en el interior del sistema penitenciario, que a la luz de la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes pueden catalogarse como tortura, sientan un peligroso precedente, pues nos devuelve a un pasado oscuro que creíamos desterrado en el que la violencia estatal campaba a sus anchas por todos los rincones del país.

La alarma no debería de ser de ningún modo menor, toda vez que la tortura provoca en sus víctimas consecuencias devastadoras que pueden extenderse durante muchos años.

El siquiatra y escritor francés de origen martiniqués Frantz Fanon, que trató a personas que habían sufrido ese tipo de abusos en el marco de la Guerra de Independencia de Argelia, indicaba en su obra "Los condenados de la tierra" que en los casos más brutales las víctimas presentaban un amplio abanico de trastornos entre los que figuraban depresiones, inestabilidad motriz, abulia, angustia y percepción intelectual o sensorial opacada.

No obstante, las consecuencias no se limitaban a las personas que la sufrían, sino que se extendían también a los perpetradores. Entre los que Fanon logró entrevistar encontró problemas como pesadillas recurrentes, ira, impulsos violentos (uno de los entrevistados maltrataba a sus hijos y estuvo a punto de torturar a su esposa) y depresiones.

La narrativa oficial insiste en que el régimen de excepción lleva al país en el camino de la pacificación. Poco parece importar que para alcanzar esa supuesta meta los métodos empleados vayan dejando profundas huellas sociales y vayan abriendo nuevos ciclos de violencia. La realidad es que una verdadera pacificación difícilmente podrá ocurrir si para lograrla se debe recurrir al uso de la violencia estatal. Tal y como está sucediendo en las calles y como todo hace indicar está pasando también en las cárceles.

UN PÚBLICO INFORMADO
DECIDE MEJOR.
POR ESO INFORMAR ES
UN SERVICIO DE PAÍS.
APOYA A LOS CIUDADANOS QUE 
CREEN EN LA DEMOCRACIA
Y HAGAMOS PAÍS.

Hacemos periodismo desde hace 107 años. Y ahora, como en otros periodos de la historia de El Salvador, el periodismo es fundamental para que la opinión pública se fortalezca.

HAZTE MIEMBRO Y DISFRUTA DE BENEFICIOS EXCLUSIVOS

Hágase miembro ahora

Tags:

  • tortura
  • régimen de excepción
  • reo
  • violencia

Lee también

Comentarios

Newsletter
X

Suscríbete a nuestros boletines y actualiza tus preferencias

Mensaje de response para boletines