Ortega, o de lo mal que acaban los populismos

Pero otro tanto puede decirse de Juan Hernández en Honduras, Nicolás Maduro en Venezuela, y con matices profundos de otros proyectos populistas en ebullición o ya extintos en América Latina, incluida la disrupción supuesta por el presidente salvadoreño, que al principio parecía un outsider lleno de gadgets y un nuevo estilo de comunicación pero ha demostrado ser el viejo producto populista sólo que con un envase fluorescente.

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La situación política en Nicaragua es de literal destrucción del orden democrático. Daniel Ortega, a ciencia y paciencia de la comunidad internacional, ha detentado el poder desde hace década y media, y de cara a los comicios de noviembre próximo no correrá el mínimo riesgo de perder el que será su cuarto periodo consecutivo en la presidencia, quinto desde el final de la revolución sandinista. Y lo hará más peligroso que nunca antes, ya liberado del nimio pudor que le quedaba.

Ortega es ahora una caricatura de los dictadores latinoamericanos de hace treinta años, con el vergonzoso giro de que su discurso aún tiene pretensiones de moralidad y decencia, líneas bastardas de cuando era líder de un movimiento nacional contra la represión de Estado.

Desconectado sin remedio del pueblo nicaragüense desde que decidió presionar a la Corte Suprema de su país para permitir las reelecciones, en 2009, Ortega suena entre cínico y enajenado. Hace una semana, en un discurso dirigido a Raúl Castro, Ortega sostuvo que junto a su familia, es decir la cúpula que queda en el poder una vez purgados todos los excompañeros de ideales del Daniel revolucionario, siguen luchando para vencer "la injusticia, el egoísmo, el deshonor, el vendepatrismo y la entrega al yanqui, enemigo de la humanidad".

Sí, es el mismo hombre que ha emprendido en los últimos meses el desmantelamiento final de la libertad de expresión y de asociación en su país, que persigue a los opositores a su régimen como si fueran delincuentes a plena luz del día, y que se ha propuesto ahogar cualquier iniciativa de la sociedad civil a través de leyes diseñadas ex profeso con propósitos indiscutiblemente dictatoriales: Ley Antiterrorista, Ley de Agentes Extranjeros, Ley especial de Ciberdelitos y otras siete, aprobadas entre septiembre de 2020 y enero de 2021 por la Asamblea Nacional que controla como si fueran sus criados.

Entre las decisiones más graves figura una enmienda constitucional que permitirá cadena perpetua por "delitos de odio", una ambigüedad con la que se pretende inmovilizar y silenciar a las organizaciones opositoras al régimen. Y esa y otras aberraciones son justificadas con un poco elaborado "los otros", una construcción propagandística en la cual caben todos los adversarios, disidentes y críticos independientes, a quienes se acusa de propugnar "la violencia, el terrorismo, el terror y el crimen", según dichos oficiales del dictador hace algunas semanas, en la conmemoración del natalicio del general Augusto Sandino.

¿Cómo se llega ahí? ¿Cómo puede pasarse de un proceso de apertura democrática a uno de involución institucional y alienación del Estado de derecho?

Aparentemente, lo único que se necesita es que la población se equivoque una vez y lo haga lo suficiente como para otorgar a una facción política o a un proyecto de élite económica, o a ambas reunidas en un solo movimiento, la posibilidad de someter todos los poderes del gobierno bajo el control de una misma persona, cúpula o partido político. Casi por añadidura advendrán la limitación de libertades fundamentales, la corrupción dentro del gobierno, los abusos de los cuerpos de seguridad, las restricciones a la oposición y a la nación organizada, hasta el control social como estadio final.

El caso de Ortega es oprobioso porque se encuentra en su descomposición moral más meridiana, porque ya no le importan ni siquiera las formas ante la comunidad internacional y porque demuestra lo mal que envejeció la izquierda centroamericana. Pero otro tanto puede decirse de Juan Hernández en Honduras, Nicolás Maduro en Venezuela, y con matices profundos de otros proyectos populistas en ebullición o ya extintos en América Latina, incluida la disrupción supuesta por el presidente salvadoreño, que al principio parecía un outsider lleno de gadgets y un nuevo estilo de comunicación pero ha demostrado ser el viejo producto populista sólo que con un envase fluorescente.

Algunos pueden empezar con un levantamiento armado, otros con una elección de potente respuesta popular, otros por una coalición opositora que insufla esperanza a naciones agotadas tras tanto desencanto; al final, los populismos están condenados a sufrir el mismo final o a hacérselo padecer a la población.

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