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Marchando por la libertad

Hoy la paz, la unión y la libertad son recuerdos de lo que alguna vez tuvimos; y los tribunales y la misma Corte se han convertido en mandaderos del todopoderoso presidente, quien junto a sus hermanos juega a ser rey.

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José Miguel Fortín Magaña / Médico psiquiatra

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Marchando por la libertad

No sé quiénes podrán asistir el domingo 16 a la Plaza Cívica para conmemorar los vitales "Acuerdos de Paz" que dieron y dan sentido al sacrificio de miles de compatriotas de ambos bandos, que murieron durante la guerra civil de la década de los ochenta, pero consiguieron que la república viviera en democracia y sirviera de garantía para sus ciudadanos, quienes por primera vez pudieron acudir a los tribunales para ventilar sus diferencias, sin tener preconcebido un fallo a favor o en contra.

Es obvio que mucho faltaba por hacer, pero por vez primera la Corte Suprema de Justicia podía poner alto a los intentos de abuso de autoridad, que pudiera estar tentado a cometer cualquier gobernante; y el Ejército y la Policía se habrían convertido en instituciones supeditadas al Poder Civil y garantes de la incipiente institucionalidad.

En esa guerra fratricida murió una cantidad indeterminada de personas; setenta mil, dijeron algunos; pero sin posibilidad de hacer verdaderos cálculos, porque buena cantidad de los asesinados fueron simplemente enterrados en el sitio de su muerte o dejados sus cadáveres a los animales de rapiña. Pero independientemente de cuántos fueron, o a qué bando pertenecieron, la verdad es que el corolario necesario para esa tragedia solo pudo ser el que se hubiera alcanzado unos acuerdos que permitirían a los sobrevivientes vivir en paz y con igualdad de oportunidades, en un Estado republicano y democrático.

Quién sabrá cuántas familias perdieron a sus hijos; cuántos funcionarios civiles, como alcaldes o ministros; cuántos sacerdotes, con diferente ideología, además de dos obispos, el de San Salvador, hoy canonizado por la Iglesia; y el obispo castrense, fueron asesinados. Quién sabrá cuántos soldados y cuántos combatientes de la guerrilla murieron en el campo de batalla, o cerca de sus hogares; y quién sabrá cuántas familias enteras se perdieron en la crueldad de la guerra.

Pero todos ellos encuentran sentido en su muerte, porque al final del conflicto, se logró establecer un acuerdo que nos hizo ejemplo para el mundo y que nos llevó de la locura a la esperanza... y desde entonces, cada 16 de enero, se conmemoran esos acuerdos, como mañana, 30 años después, en los que hemos podido expresarnos sin miedo, aun estando en desacuerdo con los mismos gobernantes; y conseguimos la paz; y la armonía social; y empezamos a avanzar por el camino correcto...

...Hasta que un sociópata que llegó al Poder secuestró todas las Instituciones y se robó la libertad, declarando (precisamente en el sitio de una antigua masacre) que mancillaba los acuerdos de paz. Sí, se crea o no, esas son exactamente las palabras que el desquiciado presidente empleó en ese odioso discurso; y que a partir de entonces, todos sus sirvientes de la Corte, Fiscalía y Asamblea han repetido como loros, para intentar borrar la historia que el narcisista gobernante no escribió.

Hoy la paz, la unión y la libertad son recuerdos de lo que alguna vez tuvimos; y los tribunales y la misma Corte se han convertido en mandaderos del todopoderoso presidente, quien junto a sus hermanos juega a ser rey. Los errores del pasado regresaron de golpe y si algo estaba mal, hoy está mucho peor; y las aberraciones jurídicas como la retroactividad de las más ridículas leyes, por ejemplo, se han convertido en la orden del día.

Los asquerosos diputados del régimen usurpan funciones, sin que nadie los detenga, tal como lo hacen también los ministros y el propio presidente; y el fiscal impuesto y los dizque jueces y magistrados agachan la testuz mientras fraguan todos juntos un plan macabro para desfalcar el dinero y confiscar las propiedades de los salvadoreños y dársela a los chinos o a cualquier lacayo del régimen.

Por eso precisamente, debemos marchar el 16 de enero; para conmemorar el fin de la guerra civil y la firma de los acuerdos de paz; y debemos marchar para gritar por la libertad y evitar que la dictadura se consolide; y debemos hacerlo, sobre todo, porque este país es nuestro; es de todos; y nadie tiene derecho a evitar que vivamos en él; y que lo defendamos y que, con la ayuda del Altísimo, devolvamos a nuestra tierra la paz y la democracia que estos han querido arrebatarnos. Que Dios nos bendiga a todos.

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