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El héroe

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Los nuevos ricos de El Salvador serán los de la industria carcelaria. A los que recibieron a puro dedazo el encargo del megapenal, sin esos engorrosos procesos que impedían beneficiar a parientes y amigos, se sumarán pronto los proveedores de comida, agua, ropa y zapatos para 30 mil reos. Y eso sin contar a quienes se encargan de los otros negocios asociados de modo subterráneo a la operación de una prisión.

Esa monstruosidad de hormigón representa el alma de este gobierno: mucho ruido, toda la pompa, soluciones torpes y cero rendición de cuentas. Que para hacerlo haya debido recurrir a la expropiación de los dueños de esos terrenos, falta de transparencia en la adjudicación y secretividad en su presupuesto sólo confirma los hábitos de la cúpula que administra al Estado.

Hace cuatro años, cuando hablaba de una Comisión Internacional contra la Impunidad y de meter presos a todos los ladrones de ARENA y el FMLN, Bukele no sólo alimentaba su campaña electoral sino que -quizá- estaba animado por una indignación auténtica. Pero la pandemia, el reto monumental que su administración encaró recién sentada en la silla, le permitió probar las mieles del gasto público sin controles; peor aún, entendió que si dominaba a los otros poderes del Estado, podría actuar con una discrecionalidad y un blindaje del que nadie había gozado en la época democrática.

Mientras acumulaba todo ese poder, tomó sus precauciones. Por eso, para acceder a la información sobre la mayoría de las compras millonarias realizadas durante la pandemia, los salvadoreños debemos esperar hasta 2027. Y por si acaso, el Ejecutivo destruyó el Instituto de Acceso a la Información Pública sentando como comisionado a puro custodio.

Dulce y provechoso, repetir ese ciclo del héroe tan seductor para un megalómano como el que nos gobierna era difícil. Después de ser "ejemplo mundial" ante el virus, ¿qué quedaba por contar?

Había que inventarse un problema nuevo para el héroe, definir aliados y enemigos, recrear la prueba decisiva y celebrar a la postre la victoria del elegido. Todo el cuento.

Pero vencida la izquierda política, vencido y desocupado el espacio de partido derechista, nacionalista, militarista y conservador que ARENA alguna vez llenó, y superado el riesgo apocalíptico del covid, ¿con qué nueva historia se podría entretener a la población y hacer negocios simultáneamente?

Bitcóin.

Y en un abrir y cerrar de ojos, los salvadoreños estábamos viendo nuestro dinero invertido en unos cajeros color morado por los que las remesas fluirían como ríos, y en unas casetas, en una veterinaria y en una bola de patrañas que resultaron carísimas.

Claro, en ese proceso hubo otros nuevos ricos; saber quiénes hicieron esos negocios millonarios será aún más difícil porque para ahorrarse futuras vergüenzas, el gobierno decidió hacerlo todo a través de una empresa que pese a ser privada se gasta el dinero público. Tal cual.

El "héroe" descubrió otra cosa en ese camino, descubrió que si le das un dulce para estar chupando, la población no dice ni pío mientras le estás quitando lo que se te ocurra, incluidos sus derechos. Y por eso siempre hay un confite: cajas con comida, 30 dólares en una billetera digital, un corte de pelo para su pequinés, amén de un stock de propaganda con que atragantarse.

De cuento en cuento, así se llegó hasta estos días en los que ya no hay ni un dulcito que saborear sino sólo una simplificación ominosa: mientras reflexionamos sobre qué hacer con la marginalidad, metamos presos a todos los sospechosos. A la base también hay un razonamiento macabro: si hubo 87 asesinatos y detenemos a 37 mil personas, es posible que además de negocio hagamos justicia.

Pero hay algo más ofensivo que toda esa bruma con la que se nos quiere ocultar el despilfarro. El concepto de un centro penal babilónico sólo es posible aceptando el régimen de excepción como el deber ser del Estado, resignando las libertades y garantías y aceptando la mentira de que todos los detenidos son culpables.

Creer que no hay un solo inocente pudriéndose en esas cárceles es imposible a menos que uno quiera mentirse a propósito para soportar las noticias. Sé de gente decente que para sobrellevar mejor lo que pasa, se repite a sí misma que los detenidos son pura gente pobre. Y hay otros a los que francamente no les importa.

¿Y usted, con qué mentira hace su terapia?

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Tags:

  • megapenal
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