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El cerco

Chema terminaba su turno de 24 horas y se quedaba otras 24 a ver cómo se hacía televisión. Por fin con el apoyo de muchos cambió la escopeta de 12 de vigilante por una cámara de televisión.

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El cerco de alambre de púas era bajito. Bien agachadito pasó Chema, a ras de tierra. Una vez al otro lado recibió al primer niño, luego un segundo y por último pasó la mamá de los tres, que se había quedado como cubriendo la retirada, más bien exponiendo su vida por si al caso los alcanzaba el padrastro de Chema y padre de los dos niños pequeños, que los perseguía armado y herido en su machismo.

Y es que unos minutos atrás, Chema, el mayor de los tres hermanos, se le había "parado bonito", como decían en ese cantón, perdido entre el verde que viste a Armenia, en el departamento de Sonsonate, donde la brisa que viene del mar se funde en un abrazo con el calor tropical que impera allí.

En esas escondidas tierras el padrastro de Chema golpeaba a su madre y esta vez se había enfrentado a un pequeño hombre que le dijo "ya no le va a pegar" y se le fue encima. Mientras el golpeador buscaba un arma, Marta Alicia corrió con sus tres hijos hacia el campo, donde la maleza se volvió cómplice al esconderlos entre grandes y pequeñas hojas verdes, como la esperanza que él tenía de que todo cambiaría.

Trece años tenía Chema y la muerte lo persiguió, pero no lo alcanzó. El tiempo se encargó de sacarle filo a su carácter y luchar por sus sueños imposibles, esos que los niños del campo ven muy lejos, casi utópicos, porque las oportunidades no existen en esos lugares o se ahogan por falta de oxígeno gubernamental (léase falta de incentivos o programas de desarrollo).

Chema comenzó a construir su historia. Vinieron días de duro trabajo. No dejó de estudiar y empezó a vender los tamales que cocinaba su mamá, aprender carpintería, agricultor, jornalero y hasta viajaba a otras ciudades para cubrir turnos de vigilante privado.

Un día fue asignado a cuidar las instalaciones de un canal de televisión. Su carácter servicial y amable le redituó el cariño y apoyo de muchos en ese lugar. A estas alturas Chema cubría las necesidades de su madre, su esposa y dos niñas, centro de su amor y dedicación. "A ellas les doy toda la atención que no tuve de un padre, son mi alegría al llegar a casa", dice con los ojos que se rompen en cristales de amor.

Chema terminaba su turno de 24 horas y se quedaba otras 24 a ver cómo se hacía televisión. Por fin con el apoyo de muchos cambió la escopeta de 12 de vigilante por una cámara de televisión. Le ayudaron a capacitarse en una academia privada, los otros camarógrafos se tomaron el tiempo para enseñarle, aprendió a conducir vehículo y superó muchos obstáculos. Finalmente se convirtió en un hábil camarógrafo de estudio que maneja con mucha destreza la grúa (cámara en movimiento).

Todos los días Chema sale de la estación televisiva en San Salvador, sube a su motocicleta, recorre 35 kilómetros y vuelve a su querida Armenia. Allí después de jugar con sus dos hijas y saludar a su esposa, además de echarle un vistazo a su madre, que tiene su casa junto a la de él, se refugia en su carpintería, un lugar mágico donde sus manos no solo hacen imágenes, sino que las convierte en realidad. Muebles, piezas, adornos o cualquier otra petición de clientes que solicitan a Chema, él se las devuelve como piezas artísticas elaboradas en su propia carpintería.

A los trece años, Chema, el diminutivo de José María Ávalos, no evadió el cerco, pasó por debajo del mismo para salvar su vida, la su mamá y sus hermanos, sin saber en ese momento hacia a dónde los llevaría esa intrépida acción, pero su fe con el tiempo le abrió caminos que no había, solo era cuestión de actitud para identificar y aprovechar las oportunidades.

¿Cuál es nuestro cerco? ¿Hay que saltarlo o buscar la forma de superarlo? ¿De qué debemos alejarnos para liberarnos? Son respuestas necesarias a la hora de empezar a caminar otros rumbos para andar nuevos caminos. El cerco no se evade, se supera con fe en el Señor y actitud proactiva.

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