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El apremio actual por transparencia y por legalidad en los procederes públicos es un imperativo que debemos asumir con seriedad absoluta

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Como venimos subrayando en cuanta oportunidad se presenta, las principales demandas actuales de la ciudadanía, organizada o no, se refieren a aspectos básicos para la consolidación de la democracia y para el aseguramiento de las bases estructurales del sistema de libertades. Esto –hay que recalcarlo sin evasivas– es una novedad histórica que ha tenido su primer momento en relación con el proceder de las fuerzas políticas tradicionales, pero que sin duda se hará presente cuando la conducta de los conductores nacionales de cualquier identidad se salgan de los lineamientos progresivos que la ciudadanía ha asumido como función originada por el mismo devenir histórico. Así, pues, esta no es coyuntura en la que nadie se pueda sentir blindado por ser quien es ni nadie se pueda sentir excluido por la razón que fuere. Todo va a ir dependiendo –reconozcámoslo y asumámoslo así– del proceso en sí.

Esto que acabamos de mencionar es una de las características más relevantes de los tiempos que corren, y así debe ser reconocido para incorporarlo a los signos de avance de una época en la que todo está cambiando, con la diversidad de tonos y de proyecciones que la misma realidad pone cada día sobre el tapete. Reconozcámonos, entonces, como seres en transición, asumiendo este término conforme a sus rasgos actuales: como una imperativa invitación cotidiana a hacer las cosas bien de veras, según ya es impostergable hacerlas. Desde luego, las inquietudes, las incomodidades y los rechazos proliferan, porque no hay cambio real que venga envuelto en algodones. Lo verdaderamente importante, sin embargo, es dirigirse con sensatez y con voluntad hacia lo nuevo, dejando a un lado todo artificio "revolucionario" al viejo estilo.

Cuando el río suena es que piedras lleva, dice la infalible sabiduría popular; y en este preciso caso, ese sonido no deja de hacerse presente en ningún momento, como si el apremio de la efectividad ya no hubiera cómo evadirlo. Es, pues, el "cambio efectivo" y no simplemente enunciado como consigna lo que gana cada día más terreno. Dejemos de pensar que este cambio es patrimonio de alguien, por mucho poder que ese "alguien" pudiera acumular. Las condiciones de la actualidad en marcha van transformando todo el panorama, y nosotros, como ciudadanos en proceso de rehabilitación histórica, somos naturalmente los auténticos abanderados de tal transformación, y no para acapararla sino para servirle.

Lo que más cuesta, por supuesto, es empujar el cambio en lo estructural y en lo institucional; y con más énfasis aún en este último campo, porque ahí se concentran los intereses políticos, con todas las aberraciones acumuladas. Y no es casualidad, entonces, que los puntos básicos de la transparencia y de la legalidad se hallen cada vez más en el centro de la atención nacional, con el apremio de ir logrando resultados tangibles y comprobables. A partir de ahí habría que tomar debida y sostenida conciencia de que nada de esto se puede conseguir en serio sin volverlo antes causa común de todos, sin ninguna excepción.

Ahora mismo, nuestro país experimenta, con una originalidad que es producto de su propio desenvolvimiento evolutivo, una prueba de sostenibilidad prácticamente en todos los órdenes de nuestra existencia como conglomerado nacional. Esto desorienta a muchos y provoca crisis de reacción a cada paso. Ante eso, lo razonable y prudente es intensificar la práctica del análisis por encima de las pasiones y de las obsesiones esencialmente conflictivas, y promover de manera sistemática y generalizada la orientación del buen juicio en movimiento.

Como hemos venido sosteniendo en el curso de los tiempos más recientes, El Salvador reúne una buena cantidad de energías constructivas, que son las que hay que potenciar y custodiar al máximo. En consecuencia, no hay que permitir, bajo ningún argumento o excusa, que los depredadores profesionales, cualquiera que sea su línea o su color, entren en nuestro santuario histórico como Pedro por su casa. Los salvadoreños tenemos que formar una barrera de voluntades para que eso no ocurra.

Afortunadamente hemos llegado a este punto de nuestra ruta, y hoy lo que toca, en primer término, es que no prevalezcan tanto los que buscan petrificarse aquí como los que pretenden continuar haciendo de las mismas impunemente. El pueblo y las fuerzas que en verdad lo acompañan están en el deber de reorganizarse y de organizarse en vías hacia el progreso que tanto hemos esperado.

Mientras más dejemos esperar las cosas sin recomponer las acciones y las reacciones pertinentes más riesgos se corren en el sentido de que las complicaciones del avance puedan hacer que este se desactive o se desnaturalice. Hay que dejar de argumentar en vano para que las estrategias necesarias vayan por fin emergiendo.

Los propósitos mayores deben movernos proyectivamente a todos, para que el presente tenga salidas y para que el futuro abra horizontes. Si eso no se da, continuaremos empantanándonos sin presente y sin futuro.

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  • transparencia
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  • cambio
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