Despilfarro y corrupción, dos flagelos que van de la mano

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El destino que se da a los fondos públicos ha decepcionado sucesivamente a los votantes de ARENA, FMLN y ya lo hace con los de GANA y Nuevas Ideas. Desde la cúpula oficialista, hay preocupación por conseguir más dinero para el Estado pero no un compromiso de detener el despilfarro y transparentar la operación gubernamental hasta que no queden dudas acerca de si hay funcionarios ladrones. 

Varias decenas de publicaciones periodísticas dan cuenta de casos en los que poderosos indicios apuntan a corrupción en la administración Bukele. Aún más grave, las pesquisas de la desaparecida Comisión Internacional contra la Corrupción en El Salvador (CICIES), aquel proyecto que el vicepresidente protegió durante algunas horas para luego olvidarse convenientemente de él, apuntaban a una trama entre varios funcionarios que había permitido la comisión de varios delitos. 

Uno de esos casos fue revelado hace pocos días por el periódico digital El Faro: involucra paquetes de alimentos para los afectados por la pandemia, el uso político electoral de esos insumos y una red de servicio de una dimensión tal que, si El Salvador contase con un ministerio público independiente del Ejecutivo, el listado de funcionarios investigados superaría a la lista Engel. 

Hoy, una publicación de LA PRENSA GRÁFICA apunta a otro aspecto de esa inversión en paquetes de alimentos, una operación que corrió principalmente por cuenta del destituido ministro de Agricultura Pablo Anliker: los contribuyentes debieron pagar un sobreprecio de nueve millones de dólares, y toneladas de esos alimentos simplemente no llegaron. 

Ya sea por la evidente incompetencia de los ministros o porque los esquemas de desfalco y defraudación funcionan mejor en el caos y la oscuridad de un gabinete que disfraza como centralización lo que es un antojadizo albedrío, lo cierto es que los ciudadanos no gozan de ninguna garantía acerca del destino de sus impuestos y de que sean usados de manera razonable. 

El proyecto de los cajeros Chivo, el gasto en unas lujosas cabinas de vacunación que nunca fueron ocupadas, la construcción de una galera para vacunar a los ciudadanos que no era necesaria tal cual lo ha demostrado el recurso a las unidades de salud para ese mismo fin, el despilfarro en publicidad cuyos alcances y beneficiarios eventualmente saldrán a la luz, el montaje de un oneroso periódico que pierde dinero público todos los días, todos han sido golpes al de suyo macilento erario salvadoreño. 

El listado es diez veces más largo pero alcanza para recrear lo que está pasando: un saqueo sistemático de los recursos nacionales a costa de un endeudamiento rampante que no terminará pese a que el Fondo Monetario Internacional está por darle el portazo en la cara a un Bukele al que no se tomaron en serio.

Convencido de que la destrucción del orden constitucional, la inseguridad jurídica derivada de los mandados que le han hecho en el parlamento y que el consiguiente carácter de leproso diplomático en que tiene convertido a El Salvador impedirán que la banca mundial le preste un centavo, el mandatario está dispuesto a vender pedazos del territorio soberano a cambio de cripto inversión. 

Pocas veces un Estado latinoamericano se ha visto en condición tan humillante. Pero mientras haya un solo activo, un solo bien de los salvadoreños que malgastar para alimentar su megalomanía y beneficiar a sus sponsors y allegados, la compulsión continuará.

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