Cultura Historias sin Cuento

LO QUE EL AMANECER Y EL ANOCHECER NOS ENSEÑAN CON SU SAPIENCIA QUE CADA DÍA SE VUELVE MÁS COMPLEMENTARIA

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David Escobar Galindo - Historias sin Cuento

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DON ANSELMO, EL ETERNO RECIÉN LLEGADO

Sus más cercanos antepasados, que eran en verdad los únicos de los que tenía alguna noticia familiar, llegaron del Norte con maletas vacías pero con ánimos repletos de ilusión; y no mucho tiempo después llegó uno que venía de la Europa clásica, ya a las puertas de Asia, y poco más tarde otro que provenía de las áreas sureñas, en la América gélida. Él, que en esos entonces era un adolescente muy observador, empezó a sentir que su sangre más que ansias de vuelo mostraba anhelos de permanencia. Y su convicción creciente era ya que ahí se quedaría hasta ver a Dios.

¿Y dónde era ese "ahí" al que estaba haciéndole voto de fidelidad perpetua? Ahí, justamente donde se encontraba observando el horizonte, por si alguna vez se animaba a ir a su encuentro.

Así fueron transcurriendo los días, los meses y los años. El joven Anselmo era ya Don Anselmo, y tenía hijos y nietos. Uno de estos era el más aventurero:

--Abue, ¿Por qué estás todo el tiempo al borde de ese precipicio sin animarte a saltar? Si yo fuera tú, ya lo hubiera hecho hace tiempos…

--Muchacho, tenés que aprender muchas cosas. Yo no estoy aquí para siempre aunque lo parezca. Yo voy de paso. Los años no importan: lo que importa es la voluntad. Llegué ayer y me voy mañana. Y si me preguntás cuándo será eso lo único que puedo decirte es que lo mío no tiene relación con el calendario. Sólo espero la voz que me llame, que es la misma que me indicó venir…

LA BICICLETA MÁS AMADA DEL MUNDO

La toma de conciencia sobre el envenenamiento del aire provocada por el abuso de sustancias contaminadoras está haciendo que en áreas como el transporte y la conducción por medios mecánicos se estén activando prácticas más sanas. Así, recursos como el desplazamiento en bicicleta ganan inédita ventaja. Y él, que era un joven de hábitos tradicionales, al pasar un día frente a un comercio de motos y de bicis, se detuvo a contemplar el nuevo producto que se veía desde ahí.

Y entonces, al estar en ésas, recordó tiempos pasados, cuando su padre, en una Navidad, le regaló lo que él más anhelaba: su bicicleta propia. Él estaba cruzando el paso hacia la adolescencia, y sintió aquello como un regalo de la Providencia.

Ahora, ya en su adultez, la bicicleta no era sólo un juguete en el ambiente, sino un elemento de viabilidad ciudadana, dadas las circunstancias imperantes. Y eso lo llevó en ese mismo instante a querer tener una de nuevo. Entró al almacén a preguntar el precio. Le enseñaron varias y escogió una. Luego hizo cuentas, y al ver que podía pagar con su tarjeta el enganche, se decidió sin más. Salió en ella.

Durante los días siguientes anduvo circulando como si no conociera la ciudad. Era el reencuentro consigo mismo.

--Qué feliz te veo, muchacho. ¿Encontraste a alguien que te ha encantado?

--¡Sí, a mi nueva bicicleta! ¿Ya la conociste?

--Bueno, ya la vi.

--Pues ella es hoy mi compañía soñada. ¿Qué más puedo pedir?

CUANDO LOS DÍAS SON GRISES, LAS NOCHES SE EVAPORAN

Se conocieron en el colegio, desde que eran niños, y lo que hizo que los cuatro desarrollaran una amistad que llegó a parecer un nexo de familia fue aquella vocación de caminantes que para ellos era el máximo estímulo en la vida de la cotidianidad. Fueron creciendo, y la conciencia de grupo creció más y más, hasta que, ya en la Universidad, dispusieron irse a vivir juntos. Todos los que los iban conociendo los veían de reojo; pero ellos sólo se ocupaban de planear sus rutas de fin de semana, sobre todo por los volcanes del país. Acabaron, pues, por volverse escaladores obsesivos; y cuando había más obstáculos, mejor.

Uno de ellos llevaba la cuenta de las montañas y los volcanes escalados, y la repetía cada vez que emprendían otra, para que no se dieran repeticiones antes de concluir la lista. Pero aquella noche hizo otra aclaración:

--Hermanos, ya sólo nos falta un volcán, y es uno muy especial: el de la memoria.

Los demás se le quedaron viendo, como si lo desconocieran.

--¿Pero qué te pasa, Felipe: te volviste poeta o algo parecido?

--Pues la verdad es que a mí no me pasa nada; le pasa al tiempo.

--¿Cómo así?

--Es que desde hace muchos días hay bruma densa en el aire. Los días naufragan y las noches apenas sobrenadan. ¿Y qué hacemos nosotros? ¡Respirar polvo! Eso nos está privando de vivir. En el volcán de la memoria quizás hay respuestas…

SOMOS HIJOS DEL SOL Y NIETOS DE LA LUNA

Levantó la mirada hacia arriba, en busca de algo que bien sabía que estaba ahí, pendiendo del infinito. Por instinto de supervivencia saludable nunca tuvo, ni en sus años más ingenuos, inquietud sobre lo que albergaba ese infinito que era indudable aliado de la eternidad. Tal instinto que acabamos de mencionar ponía la nota iluminadora en su conducta de siempre, y cada día con más arraigo.

Aquella tarde de verano fervoroso el levantar la mirada hacia arriba se volvió al instante un rito ceremonial. Él se hallaba ahí, en contacto con sus dos mensajeros más entrañables: el sol y la luna, presentes e identificables al menos por un buen momento. Y tal momento venía a ser su cátedra más aleccionadora.

--Hola, familiares queridos. ¿Están aquí de nuevo, verdad?

Desde arriba pareció fluir un aleteo de doble naturaleza, que encajaba al llegar a

su oído. Pero esta vez el fenómeno fue diferente al de otros días: muy pronto una densa oscuridad se fue apoderando del aire, como invitándolo sin alternativas a emprender un sueño profundo.

--¿Qué me quieren decir, padre y abuela de siempre? ¿Que ya debo pensar en hacerles una visita de duración interminable?

Desde los árboles próximos surgió un rumor que sin duda era un "no" celeste.

Él, entonces, se abrazó a sí mismo, con la mirada puesta en esa encumbrada inmensidad donde el sol y la luna reinaban cada quien a su hora. Y él se hallaba presente en cada una de esas horas, como el mejor invitado.

LA BRISA VUELVE A LA HORA CONVENIDA

En aquellas reuniones de compañeros de trabajo los temas saltaban al azar, y casi siempre tenían que ver con las tareas cotidianas. Pero ese día, Adán lanzó de entrada una pregunta especulativa, bien a tono con el momento:

--¿Qué querrá decirnos el clima con todo lo que hoy se le ocurre?

Los otros asistentes al convivio se quedaron pensativos, porque ninguno de ellos era dado a reflexionar, y mucho menos en forma especulativa. Adán, que conocía muy bien las habilidades y el estilo de cada uno de sus compañeros, se dirigió con presteza a Cutberto, que se llamaba así porque dicho nombre era tomado a broma en una antigua película mexicana llamada "El Inocente", cuyo intérprete principal era nada menos que Pedro Infante, acompañado por Silvia Pinal:

--¿Qué te parece a vos, "Cruci", que venís de tierras abiertas?

--¿A mí? Pues que el clima no es el que habla sino nosotros por él…

--¿Cómo así?

--Que no hay clima, sino interpretaciones del clima. ¿No está claro?

--"Cruci", sos un ingenioso insuperable. La ciencia te importa un bledo.

--¿Cuál ciencia si ya toda esa fantasía se está desmoronando como un totoposte humedecido?

--¡Jejé! Vaya figura, con lo que a mí me gustan desde siempre los totopostes…

En ese momentito empezó a soplar la brisa. Era la hora. ¡Puntualidad feliz!

NUESTRAS MEJORES COMPAÑÍAS SON VEGETALES Y ANIMALES

--Muchacho, ¿ya regaste las plantas y les diste de comer a los animalitos?

Él sólo hacía un gesto afirmativo, ya que jamás fallaba en dichos afanes, porque no era su padre el más interesado en eso, sino él mismo, que estaba en el lugar desde que abrió los ojos a la vida. Hoy, ya casi abordando la adultez, seguía ocupándose puntualmente de lo que había sido siempre su faena excluyente de todo lo demás, incluyendo los ejercicios de formación escolar, que nunca emprendió. Uno de los parientes más asiduos le preguntó a su padre una vez:

--Este cipote, que ya no es cipote, como que no tiene rumbo, ¿verdad?

--Bueno, pues yo simplemente lo he dejado ser. Esa es la misión de los padres, ¿o no? –respondió, como diciendo "no te metás donde nadie te está llamando".

El muchacho oyó todo lo que decían, desde un rincón cercano, y se sintió con derecho a salirle al paso al comentario del pariente.

--Mire, tío, déjese de babosadas. Le digo lo que escuché por ahí: "Yo soy quien soy y no me parezco a nadie". ¿Entiende?

Como si acuerparan tal respuesta, en las ramas del entorno se oyó un zumbido muy parecido al de las palabras cuando están apurándose a brotar; y en las rutas inmediatas un revuelo de palomas y un tropel de ardillas se hicieron sentir.

--Pues hacé lo que querrás, pero ni las ardillas ni los pétalos te van a mantener…

--Tengo que trabajar, ya sé, pero siempre en mi mundo. ¿Entiende?

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